De cómo llegó el fin del mundo.

Muchas teorías han circulado a lo largo de la historia: los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, una invasión zombie, la Tercera Guerra Mundial, los Mayas… Pero la verdadera culpable fue ella.

No, no me miréis así, lo sabéis tan bien como yo, todo fue culpa suya. Suya y de sus malditas manías. De sus películas de Scorsese amontonadas sobre la estanterías, de sus interminables colecciones de libros de terror que nunca llegué a leerme, de su bolsa de maquillaje que nunca usaba, de su desordenada habitación y de su impoluta cocina, de su cerveza de las doce de la mañana y de la de las diez de la noche, de sus miles de posits por toda la casa para no olvidarse de nada, de su costumbre de olvidarse de absolutamente todo, de lo mal que aparcaba y de lo bien que conducía, de su lista de reproducción para los sábados por la tarde, de lo mucho que le gustaban las plantas y de lo mal que se le daba cuidarlas… De cómo salió por esa puerta y jamás volvió.

Es así, lo sabéis de sobra. Aquel día apretó un botón y todo se fue al garete. El mundo se paró, el tiempo dejó de correr, la gente dejó de tener algo por lo que vivir, todo lo vivo en la faz de la tierra perdió su razón de ser, arrasó con lo que pudo, y os puedo asegurar que ella podía con todo.

Os invito a que la odiéis conmigo. Necesito que me hagáis ese favor. Necesito que os unáis a mí para odiar su cara, su pelo, sus ojos, sus manos y hasta las uñas de sus pies. Tenéis que hacerlo… Demonios, ¡ella acabó con el mundo! Pero sobre todo, debéis hacerlo porque yo soy completamente incapaz.

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