Las cartas que no escribimos.

Era interesante, por aquello de no tener otra manera de llamarlo, ver como intentábamos construir algo a base de buenas intenciones. No había nada que nos pudiera parar, excepto nosotros mismos. Aspirábamos a tocar las estrellas con sólo una sonrisa.

Los primeros kilómetros fueron los más difíciles. Nunca pensé que fueras a mirarme a través de un cristal como si el mundo que tanto tardamos en construir no fuera más que un mal recuerdo desgastado por el tiempo. Algo pasó que nos convirtió en seres demasiado mezquinos como para merecernos algo de lo que habíamos tenido, pero siempre esperé ese acto de redención que me liberara de hacer la maleta y subirme a ese coche sin ti por primera vez en mucho tiempo.

Me dediqué a echarle la culpa a las horas de espera en el salón mientras tú buscabas algo de sentido en el bar. La compañía de mi cerebro nunca fue buena, ambos lo sabemos, y hacía mucho tiempo que ya no tenía nada a lo que agarrarme. Pero fuiste tú quien tuvo que darse cuenta de que no estabas dispuesto a ser el salvavidas de nadie, algo que, en el fondo, yo ya sabía desde el día en que te conocí.

No sé, podríamos esperar una eternidad y yo seguiría sin entender cómo demonios puedes estar ahí parado como si todo lo que compartimos te fuera totalmente ajeno, como si no hubieras sido tú el que rellenaba el hueco que sobraba en mi cama cada mañana, como si no hubiera sido yo la que se sentaba al lado tuya en las largas noches de trabajo y se quedaba dormida sobre un millón de papeles.

Y sabes bien que no te pido que volvamos a querernos hasta las cinco de la madrugada, lo único que quiero es saber porqué haces como si nada de esto hubiera existido cuando antes era lo único en lo que podíamos creer.