Pétalos de hielo.

Sus miradas sobre un asfalto de hierro y plata mientras cruzaban el desierto de su espalda. Los ríos de rosas rojas que teñían sus manos de negro. Las bombas en sus cerebros, la lluvia en sus miradas… Esa penitencia que les elevaba.

La alfombra que pisaban en sus sueños cada mañana. La cárcel que nunca les encerraba. Sabían a fuego y alma.

El enredos de sus tiempos y las alforjas de sus escamas. Las armas que disparaban por cada error de la madrugada.

Primero, reían. Luego, lloraban.

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