Decisiones.

Lo sentía. Lo sentía de verdad. Sabía que ésto no es lo que él quería y que alguien como ella no entraban en sus planes perfectos. Pero a veces la vida nos da herramientas distintas a las que queríamos. Hay ocasiones en las que tenemos que pelear con armas con las que no queríamos contar y debemos enfrentarnos a un ejército con un cuchillo cuando nosotros lo que pedimos era una pistola.
Pero no podemos lamentarnos, simplemente debemos entender que es lo que nos ha tocada, aceptarlo y usarlo a nuestro favor.
Le entristecía saber que no les dieron las mismas armas, le hubiera gustado que hubiera estado con ella hasta el final, en las trincheras, codo con codo. Pero la vida es así, tenemos que tomar decisiones para bien o para mal.
Siempre le quiso y él a ella también a pesar de todo, y así seguirá siendo. Pero la única manera de que eso sea posible es comprender que a veces las personas tienen que representar su papel. Y este es el suyo. Como dos viejos conocidos que se encuentran en el andén de una estación y se saludan en la distancia con media sonrisa, sin aspavientos, recordando aquellos tiempos en los que juntos el mundo se les quedaba pequeño, quedándose con el recuerdo de aquellos días y asumiendo que ya pasaron. Porque así es la vida, que pasa y cambia, y sólo nosotros podemos elegir cambiar con ella o quedarnos estancados.
Y saber, que a veces el verdadero daño lo hacemos al no saber alejarnos a tiempo de las personas a las que queremos.

Tal vez mañana.

Ni de las malas decisiones nacen grandes historias ni vivir improvisando sale tan rentable. El no saber en que dirección vas, el olvidarte de todo y fingir que nada importa… Son excusas ante una vida llena de despropósitos.
Nos empeñamos en justificar cada cosa que hacemos ante el mundo porque realmente ni nosotros estamos seguros. Necesitamos revestir nuestro corazón de una capa de acero y hacer creer que nos importa más vivir el momento que creer que alguien pueda decidir quedarse a nuestro lado. No aceptamos la soledad porque nos guste, sino porque le tenemos miedo.
Presumimos de inteligencia para luego dejarla de lado y vivir de nuestros impulsos.
El futuro esta en nuestras manos. Encararlo es nuestra decisión. Nuestra juventud es una excusa. Pensar en el mañana no es un pecado y ser felices no significa ser inconscientes.

Una simple llamada.

Se sentó en su ventana a observar la vida. No sabía cómo demonios había llegado allí, pero sí sabía que había cometido demasiados errores. Así que pidió perdón. Perdón por la inquietud, por los momentos inoportunos, por la inseguridad, por el no saber cuándo parar. Por las pérdidas de control y los momentos de locura.

Cada vez que se miraba en el espejo sólo veía caos. Caos y equivocaciones a partes iguales. Sabía de sobra que todo lo que había perdido había sido a causa de su ineptitud.

Pero en el fondo, también sabía que lo que aún le quedaba era porque merecía la pena, y que los cigarros de desesperación no dolían tanto sabiendo que todo volvería al camino correcto. Que las ganas de seguir servían de algo y que el amor no podía ser tan simple como un “hasta luego”.

Porque la palabra volver no está tan sobrevalorada como todo el mundo piensa. Y la alegría se mide en momentos de paz.

Volver. Qué cosas.

La última cerveza.

El alma rota y desaliñada. No le gustaba hablar de corazón porque nunca llegó a entender lo que esa palabra significaba.

Tachó los días del calendario. Los dejó pasar. No quería sueños que se desinflaran ni horas que se le escaparan. Lloró por algo que nunca perdió, más que nada porque no había existido.

Vació botellas y contó estrellas desde su porche. Con un arpa entre las sombras, se sentó en la silla para esperar la siguiente remesa de personas despersonificadas. No olvidó cerrar la puerta, simplemente la dejó abierta.

Esperó y esperó. Aquel día todo acabó como una bomba en plena guerra. La gota más pequeña de su humilde mar. Como único sepelio, una serpiente arrastrándose en la tierra.

El sabor de las palabras

Y ahí estás. Cada hora, cada minuto, cada segundo. En tu rinconcito de la mesilla, desafiante, orgulloso. Mirándome por encima del hombro sabiendo que cualquier intento de acercarme a ti es un fracaso. Y sería más fácil llevarte a la estantería, lo sé, no verte todos los días pero… cada vez que te alejo me rompes un poco el corazón, casi tanto como cada vez que leo la primera de tus palabras. Fuiste como un regalo envenenado. Eres como parte de mi conciencia. Serás una parte de mi historia.

Los libros no llegan a ser lo que realmente son hasta que le damos nuestro propio sentido.

Almas desparejadas

Cada paso era una mentira desgranada. Cada sonido de tacón, una historia que aún no nos habíamos contado.

  • Siempre pensamos pasar una vida juntos.
  • También pensábamos que seríamos eternos.

Me miró a los ojos como sólo él sabía hacerlo, rompiendo esquemas y saltando resortes.

  • ¿No lo somos?
  • Hay ciertas dudas sobre eso.

No pude evitar mirar al suelo sonriendo al recordar las estadísticas de nuestras almas. La de veces que vaticinamos sobre la existencia de personas como nosotros.

  • Dime, ¿qué harás cuando te vayas? ¿qué haré yo?
  • Lo que siempre hacemos, un pie delante de otro, ¿recuerdas?

Y fue entonces, sólo entonces, después de tantos años y tantas noches de miradas interminables y silencios de dudas secretas, cuando por fin me lo contó.

  • Temo acabar sólo.
  • No te preocupes, siempre habrá locos dispuestos a amar a otros locos.

IRONÍA

Hoy vamos a jugar a ser distintamente iguales. Hablemos de por qué nos encanta predicar lo buenos que somos por ser tan diferentes y de cómo odiamos cuando lo demás lo son. De cómo establecemos un código de conducta sustentado por la tolerancia y de cómo miramos por encima del hombro cuando alguien se sale de él. Hablemos de la hipocresía del momento en el que damos un paso al escenario sonriendo porque, oye, seguimos vivos. Hablemos de que somos los mejores. Hablemos de que en el fondo no somos nadie.

Hablemos del orgullo y de las risas. De los momentos de quietud cuando la casa está vacía. Del enfado intolerable ante una nevera vacía de sentimientos. Del compromiso descomprometido, de las promesas rotas y de las tiritas al corazón. Hablemos de las decepciones enmascaradas. De las reacciones por las esquinas. De las paredes demasiado altas y las escaleras demasiado cortas. Del odio insostenible y de las decisiones por sostener.

Hablemos de ese momento en el que nos convertimos en iluminados divinos por nuestro propio parecer. De cuando dirijimos masas sin personas. De los pensamientos altruistas y de las balas perdidas. De por qué el orgullo de una luz mal apagada. De todo lo que falta por decir.

Hablemos de que no tenemos ni puñetera idea de cómo se habla.