La renuncia

Y ahí estaba. Parado en el quicio de mi puerta. Con la duda en la mirada y las palabras en la garganta. Como entendiendo que las mil explicaciones que tan perfectamente válidas le parecieron durante estos meses ya no tenían ninguna credibilidad. Esperando que su simple presencia templara mis ánimos y me disuadieran de expulsarle de mi vida para siempre.

  • ¿A qué has venido?
  • Quería verte. No lo soportaba más.
  • Pues no haberte ido.

Su mirada se dirigió al suelo, como buscando una redención salida de la nada, como intentando entender la razón de que yo no lo entendiera.

  • No me fui por gusto.
  • Eso no me importa.
  • No me jodas, lo hice por ti, tenía que hacerlo ¡Lo sabes! Renuncié a ti por nosotros, llevo odiándome desde entonces.
  • ¡Vete a la mierda! ¡No me hables de renuncia! ¡Tú no tienes ni la más mínima idea de lo que eso significa! Renunciaste a mí porque sabías que tarde o temprano podrías volver y que yo te estaría esperando. Que si te ibas te quitarías de problemas y quedarías como un héroe que tomó la decisión correcta y al que yo recibiría con una alfombra roja, una botella de champange y una noche de pasión inolvidable. Pero te equivocaste. La renuncia no es eso, ¡no intentes darme lecciones de moralidad! ¡La renuncia es olvidarte de lo que más te importa para siempre porque sabes que la lucha ha perdido su sentido, llorar cada puñetera noche por aquello de lo que te has tenido que desprender aún siendo lo que más te importaba en la vida, sobrevivir cada día sabiendo que lo que se ha ido jamás volverá! ¡ESO ES LA RENUNCIA! Tú no tienes ni idea de lo que significa sufrir, a ver si te enteras que hacerse la víctima no es lo mismo que serlo.
  • Estás siendo injusta.
  • ¿Me vas a decir que saliste por esa puerta pensando que no volverías a verme?
  • No, bueno… yo tenía la esperanza…
  • ¿Insinúas que realmente alejarte de aquí era la única opción posible y que luchar juntos contra todo lo que se avecinaba era del todo imposible?
  • Hombre yo sabía que era algo que tenías que pasar… pero es como siempre dices tú, ¿no? Necesitas demostrarte que sabes cuidarte sola.
  • ¿Qué?
  • ¡Joder!¡Pasar por eso nos habría destrozado!
  • ¡Deja de soltar excusas! ¡Tú nos has destrozado! ¡Tú y nadie más! Ya no te quiero en mi vida. Nunca me importaron tus defectos pero jamás permitiré compartir mis días con alguien que no está dispuesto a dar la cara. Vete de aquí y no vuelvas, porque juro por lo más sagrado que jamás encontrarás en mí nada más que desprecio.

Y cerré. Simplemente cerré la puerta. Le cerré la puerta a él, a sus sonrisas, a sus miradas, a sus excusas, a sus huidas… le cerré la puerta, la ventana y la cortina a lo que hacía tiempo que sabía que no me iba a traer más que lágrimas amargas y cenizas en la boca.

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Crónicas de una muerte anunciada.

La sensación de la vida. Y todo lo demás. El golpe de realidad que acaba con un beso de despedida que sabe a cenizas. El momento de que tu mundo se descomponga en trozos demasiado pequeños para poder rescatarlos. Cuando la rueda gira y tú… tú simplemente decides intentar olvidar. Porque las lágrimas te saben amargas y los sueños se vuelven a su prisión. Porque no quedan esperanzas ni ilusiones que compartir. Porque de lo malo, lo peor. Porque las cosas se acaban y sólo te queda sentarte a esperar a que el resto entienda porque has decidido no entender nada.

Olvidadlo, no lo entenderíais.