PETICIÓN.

¡Hola!

Bueno, esta entrada es únicamente para pediros que entréis en la web de http://www.relatosdehotel.es y votéis mi relato. Sería de gran ayuda y yo os lo agradecería eternamente. El nombre del relato es “El precio del desequilibrio”. No os llevará mucho tiempo y a mí me haréis un gran favor.

No os entretengo más, ¡un beso!

 

PD: Buscadlo en los más recientes 🙂

Anuncios

Historias de agua.

vik-muniz-el-sonador

Nos despertamos hace muchos años bajo un techo azul y nos hicimos una promesa: no volver a cumplir años. Pero era una mentira. Estábamos deseando cumplirlos, deseando crecer. Dejar de subirnos a los taburetes para alcanzar los estantes más altos, conseguir que alguien nos tomara en serio más allá de nuestras madres cuando nos escuchaban el siempre preocupante “tengo mucha hambre” y que los teleoperadores dejaran de llamar a casa preguntando por nuestros papás.

Queríamos cambiar, aunque nuestro concepto de madurar era bien distinto. Queríamos vestirnos como mayores, hablar como mayores, movernos como mayores y hasta sonreír como mayores. Nosotros también queríamos tener esa mirada de “sé de lo que hablo pero eres demasiado pequeño para entenderlo”.

Nuestra idea de placer era poder mirar a la mujer de la tienda y pagarle sin tener que decir aquello de “tengo que ir a pedirle más a mi madre, que no me ha dado suficiente”.

Éramos pequeños. Pequeños para salir, pequeños para decidir, pequeños para entender, pequeños para preguntar… PEQUEÑOS.

Diariamente nos sentábamos uno al lado del otro a preguntarnos que queríamos ser de mayores. La lista era tan sumamente larga que, pensándolo en frío, no sé cómo pensábamos repartir el tiempo para conseguir hacer todo lo que habíamos pensado. Pero a nosotros la vida nos parecía una eternidad.

Tenían razón, éramos pequeños. Éramos pequeños, listos, sonrientes y soñadores. Unos aventureros. Según nuestras madres, éramos los reyes de su mundo, pero nosotros preferíamos ser el príncipe y la princesa del nuestro.

Y ahora estoy aquí, a escasos días de cumplir veintiún años y escuchando cómo no sé cuántas personas no se cansan diariamente de repetirme que ya soy mayor, que me he convertido en toda una mujer. Pero también es mentira.

Sigo siendo una niña, todavía digo aquello de “mi madre no me ha dado suficiente”. Sigo asomando la cabeza por la cocina y diciendo que me muero de hambre y aún hoy me pregunto qué voy a ser de mayor. Sigo teniendo las mismas dudas y frustraciones, lo único que ha cambiado ha sido el  repentino aumento de responsabilidades. Dios sabe cuánto daría por cumplir aquella promesa.

Pero, a día de hoy, mi mayor pregunta sin respuesta es por qué la vida no le permitió a él ser mayor, por qué un día decidió no dejarle crecer y me obligó a mí a hacerlo sola.

Lo único bueno que siempre saco es que sé que madurar es algo que a él no le hubiera gustado.

Dejar de soñar.

A ninguno nos extrañó cuando nos lo contaron, ¿sabe? Bien era sabido por todos su afición a los moteles de mala muerte y a la barra del bar. Podías encontrarla diariamente de nueve de la mañana a nueve de la noche colgada de una botella de whisky. Menos los viernes de cuatro a seis, que se escapaba del taburete para viajar entre sus brazos.

Él era ese tipo de persona cuyo nombre nadie conoce pero del que todos saben la historia. Se rumoreaba que sólo necesitó una sonrisa para acabar con sus defensas y una mirada para subirle la falda. Entiéndame, no digo que no la quisiera, pero sus prioridades… digamos que no eran las que ella esperaba. Una pena.

Fueron muchos los que intentaron salvarla. Le invitaban a cenas, le llevaban flores… Uno hasta lo compró un anillo. Pero al final, siempre acudía a su cama. A lo mejor ese hombre tenía un trabajo, una familia, una casa… Quién sabe. Pero cada viernes la recogía en su coche justo ahí, en la puerta del bar, y ella nunca faltaba.

Pobre chiquilla… cambió todas sus aspiraciones por satisfacer el deseo más primitivo. No se equivoque, no hablo de que tirara su vida por la borda sólo por sexo. Me refiero a otra cosa. A esos amores salvajes, a aquellos que te desgarran. Seguro que sabe de lo que le hablo. Es ese tipo de amor que te quema por dentro, que te araña y te duele. Te arranca el corazón y jamás te lo devuelve. Crees que lo dominas, pero en realidad no lo puedes controlar… ¿ha vivido alguno?

La mayor pena de esta historia, ¿sabe cuál es? No ha sido su trágico final, para nada. Lo triste de todo es que todos pensaban que era una mente fría que rechazaba el amor, pero en verdad no era más que un alma desdichada.

La única realidad es que no quería amores, porque el único amor que quería era de los que hieren, hunden y matan.

Finjamos que somos eternos.

Dos balas de oscuridad y algún pensamiento alcoholizado. Nada de lo importante nos interesa desde el momento en el que dejamos de subir escaleras, pero por cada plato que rompemos, desaparecen dos que estaban dispuestos a recogerlo. Soñando telarañas de estúpidas historias clasificadas como cine para adultos, pedimos un vaso de agua a medio llenar por si acaso lo acabamos derramando y en el momento en que tocamos el suelo, un intenso olor a azufre nos hace salir huyendo para escondernos debajo de no sé qué falda con aires de grandeza.

Somos legendarios en nuestro propio mundo de arrogancia y estereotipación. Fanáticos de un estilo de vida que antepone nuestra propia intoxicación por encima de las pocas cualidades que nos puedan quedar después de una desquiciada carrera por un tipo de supervivencia innecesaria. Acomodados a palabras necias, hacemos oídos sordos a cualquier vestigio de entendimiento humano. Luchamos contra la automatización convirtiéndonos en máquinas y no lloramos por miedo a electrocutarnos. En el fondo de nuestra cabeza, hay un pequeño frasco de ideas viejas que nos hace creernos demasiado innovadores para esta historia.

Pero la eternidad tiene un precio.

descarga_phixr