Una simple llamada.

Se sentó en su ventana a observar la vida. No sabía cómo demonios había llegado allí, pero sí sabía que había cometido demasiados errores. Así que pidió perdón. Perdón por la inquietud, por los momentos inoportunos, por la inseguridad, por el no saber cuándo parar. Por las pérdidas de control y los momentos de locura.

Cada vez que se miraba en el espejo sólo veía caos. Caos y equivocaciones a partes iguales. Sabía de sobra que todo lo que había perdido había sido a causa de su ineptitud.

Pero en el fondo, también sabía que lo que aún le quedaba era porque merecía la pena, y que los cigarros de desesperación no dolían tanto sabiendo que todo volvería al camino correcto. Que las ganas de seguir servían de algo y que el amor no podía ser tan simple como un “hasta luego”.

Porque la palabra volver no está tan sobrevalorada como todo el mundo piensa. Y la alegría se mide en momentos de paz.

Volver. Qué cosas.