La muerte a pellizcos.

Cinco estudios de cinco prestigiosas universidades y uno de la NASA lo confirmaban: había caído en un agujero negro de sinsentidos. Por cada dos pasos que ella daba, aparecía algún imbécil que creía saberlo todo para explicarle que todo en la vida tiene solución y que él tenía el remedio contra su enfermedad. No fueron pocas las ganas que tuvo de romperle la mandíbula a cada uno de aquellos insensatos cuya propia autoestima les cegaba a la hora de darse cuenta que la locura no tiene curación.
Se dedicó a vivir con las maletas en la puerta, saltando de charco en charco en un tortuoso juego de la oca donde, casualmente, siempre perdía ella. Aprendió a coger carretera y manta cada vez que intuía desde lejos la presencia de esa sombra que la acompañaba desde aquella primera vez cuando, a los cinco años, estuvo a punto de saltar desde el tejado dispuesta a volar en su escoba mágica traída de lo más profundo del bosque encantado donde habitaban las hadas. Todos pensaron que eran juegos de críos, ninguno la creyó cuando decía que aquellos fantásticos animalitos mágicos vivían de verdad y la visitaban cada mañana a la hora del desayuno.
Tras dos divorcios sin boda y una luna de miel a solas, tomó la decisión de no volver a desayunar, pero las tortitas con chocolate le llamaban demasiado como para cumplir su promesa, así que, tras la quinta conversación en solitario, otro sabihondo con aires de psiquiatra salió corriendo de su vida por si acaso el desequilibrio mental era algo contagioso.
Llegó un momento en que la existencia de su propia esencia de alcohólica rehabilitada y visitante asidua de los moteles de las afueras de la ciudad dejó de importarle demasiado. Su dignidad y apego hacia la persona que podría haber sido quedaron hechas un coladero por el que los insultos de un par de camareros gordos con un negocio en ruinas pasaban como si fueran una pequeña y casi imperceptible brisa marina.
Poco después llegó ese magnífico día en el que desapareció de la faz de la tierra para nunca volver. Algunos dicen que murió de un derrame cerebral en medio de la cuneta de una carretera abandonada. Otros aseguran haberla visto reírse sin parar en las profundidades de un bosque donde, desde entonces, todo el mundo habla de absurdas historias sobre animales fantásticos y sucesos inexplicables.
Pero claro, las historias no son más que eso: historias.

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