Comas inducidos.

El vaso hasta el borde y la mesa en una esquina. Cada gota de ron que bajaba por su garganta era un recuerdo de no sé qué historia de un pasado que nunca llegó a entender. Las llamas de una vida completamente amortajada y enterrada en lo más profundo de cualquier baúl que un día se encontró paseando por su consciencia casi perdida.

Los que la conocían creían que no lo quedaban lágrimas, la realidad es que no encontraba razones para llorar. Tampoco nos engañemos, en absoluto las tenía para reír. A veces miraba las facturas sobre su escritorio y se podía atisbar una sonrisa, pero no era más que su mitad histérica intentando aparecer en escena. Control.

Se levantó de su silla y observó cómo un muchachito más joven de lo que ella había sido jamás no le quitaba el ojo de encima a una rubia potente sentada en la mesa cuatro. Estuvo a punto de sentarse al lado suya y explicarle las mil y una razones por las que esa rubia se iría con el guapo de la americana azul que no paraba de reírle las gracias y no con él, un pobre desdichado incapaz de decirle a la camarera que le había traído la bebida equivocada. Pero no lo hizo.

Camino de casa, empezó a enumerar las razones que le iban a provocar el insomnio en esa ocasión. Eran tantas que decidió dividirlas en dos grupos y dejar la mitad para mañana.

Mañana.

Pobrecita.

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