Historias de agua.

vik-muniz-el-sonador

Nos despertamos hace muchos años bajo un techo azul y nos hicimos una promesa: no volver a cumplir años. Pero era una mentira. Estábamos deseando cumplirlos, deseando crecer. Dejar de subirnos a los taburetes para alcanzar los estantes más altos, conseguir que alguien nos tomara en serio más allá de nuestras madres cuando nos escuchaban el siempre preocupante “tengo mucha hambre” y que los teleoperadores dejaran de llamar a casa preguntando por nuestros papás.

Queríamos cambiar, aunque nuestro concepto de madurar era bien distinto. Queríamos vestirnos como mayores, hablar como mayores, movernos como mayores y hasta sonreír como mayores. Nosotros también queríamos tener esa mirada de “sé de lo que hablo pero eres demasiado pequeño para entenderlo”.

Nuestra idea de placer era poder mirar a la mujer de la tienda y pagarle sin tener que decir aquello de “tengo que ir a pedirle más a mi madre, que no me ha dado suficiente”.

Éramos pequeños. Pequeños para salir, pequeños para decidir, pequeños para entender, pequeños para preguntar… PEQUEÑOS.

Diariamente nos sentábamos uno al lado del otro a preguntarnos que queríamos ser de mayores. La lista era tan sumamente larga que, pensándolo en frío, no sé cómo pensábamos repartir el tiempo para conseguir hacer todo lo que habíamos pensado. Pero a nosotros la vida nos parecía una eternidad.

Tenían razón, éramos pequeños. Éramos pequeños, listos, sonrientes y soñadores. Unos aventureros. Según nuestras madres, éramos los reyes de su mundo, pero nosotros preferíamos ser el príncipe y la princesa del nuestro.

Y ahora estoy aquí, a escasos días de cumplir veintiún años y escuchando cómo no sé cuántas personas no se cansan diariamente de repetirme que ya soy mayor, que me he convertido en toda una mujer. Pero también es mentira.

Sigo siendo una niña, todavía digo aquello de “mi madre no me ha dado suficiente”. Sigo asomando la cabeza por la cocina y diciendo que me muero de hambre y aún hoy me pregunto qué voy a ser de mayor. Sigo teniendo las mismas dudas y frustraciones, lo único que ha cambiado ha sido el  repentino aumento de responsabilidades. Dios sabe cuánto daría por cumplir aquella promesa.

Pero, a día de hoy, mi mayor pregunta sin respuesta es por qué la vida no le permitió a él ser mayor, por qué un día decidió no dejarle crecer y me obligó a mí a hacerlo sola.

Lo único bueno que siempre saco es que sé que madurar es algo que a él no le hubiera gustado.

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