Finjamos que somos eternos.

Dos balas de oscuridad y algún pensamiento alcoholizado. Nada de lo importante nos interesa desde el momento en el que dejamos de subir escaleras, pero por cada plato que rompemos, desaparecen dos que estaban dispuestos a recogerlo. Soñando telarañas de estúpidas historias clasificadas como cine para adultos, pedimos un vaso de agua a medio llenar por si acaso lo acabamos derramando y en el momento en que tocamos el suelo, un intenso olor a azufre nos hace salir huyendo para escondernos debajo de no sé qué falda con aires de grandeza.

Somos legendarios en nuestro propio mundo de arrogancia y estereotipación. Fanáticos de un estilo de vida que antepone nuestra propia intoxicación por encima de las pocas cualidades que nos puedan quedar después de una desquiciada carrera por un tipo de supervivencia innecesaria. Acomodados a palabras necias, hacemos oídos sordos a cualquier vestigio de entendimiento humano. Luchamos contra la automatización convirtiéndonos en máquinas y no lloramos por miedo a electrocutarnos. En el fondo de nuestra cabeza, hay un pequeño frasco de ideas viejas que nos hace creernos demasiado innovadores para esta historia.

Pero la eternidad tiene un precio.

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