Todo tiene solución, menos la muerte.

Se pasó la vida intentando escapar. Escapar de sus sonrisas, de sus miradas, de su entrepierna. Quiso volar lejos y en paz, pero ella nunca le dejó. Le atrapó como quien se queda hundido en las arenas de una incertidumbre vital. Jamás pudo esconderse, siempre le encontraba en algún bar. Aquél septiembre del  82 hizo más estragos que el club de carretera donde se conocieron hacía años. Nunca le dejó descansar.

 

No fue hasta siete años y muchas resacas después cuando decidió que había llegado el momento de plantarle cara. El resultado: una botella de whisky y un traguito de coñac. Ella le venció con tal facilidad que el único recuerdo que se guarda de su existencia son dos vasos sobre una cruz y unos huesos enmohecidos a tres metros bajo tierra.

 

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