Sólo un poco más.

Su sonrisa cansada no era más que la prueba fehaciente de todos los años pasados por su cara plagada de arrugas. El sabor del tiempo que nunca volvería a recuperar fue lo último que llegó a sentir, las cálidas manos de toda su experiencia posadas sobre sus ojos para cerrarlos lentamente, no sin antes dejarle tiempo para dedicar un último recuerdo a todos los que pasaron por su vida, un último agradecimiento a aquellos que se atrevieron a quedarse y un

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último pensamiento de amor para los que nunca dejaron de abrirle su corazón. Nunca volvería a correr por ese campo de espigas como cuando era pequeña. Ya no se escaparía a la pastelería para admirar los bizcochos expuestos en el escaparate. Ya no se reiría del ruido de la puerta descolgada del colegio por las mañanas. Él no volvería a recogerla cada tarde a la salida para llevarla en su moto destartalada a los destinos más insospechados, por lo general situados en el bosque donde tantas cosas ocurrieron. No volverían a recorrer París simulando estar en una película en blanco y negro de esas que los dos iban a ver al cine para poder besarse lejos de miradas indiscretas arropados por la oscuridad de la sala. El balcón dejaría de ser su refugio particular donde esconderse en las tempestades emocionales. Aquel viejo tocadiscos no volvería a ser la banda sonora de sus incansables bailes a media tarde en el salón. No vería a sus hijos correr por los pasillos de casa luchando por salvar su vida del malvado dragón que tenía secuestrada a la pequeña princesa. Ya no se sentaría delante del Imagenhorno para ver crecer la masa con las bocas hambrientas de los niños a su alrededor esperando su porción. No volvería a asaltarle la duda del futuro tras mirar una y otra vez las caras de sus tres ángeles. No volvería a reírse por los abrazos colectivos dados en represalia a su amago de enfado por alguna razón olvidada a los cinco minutos. No tendría que preocuparse de cómo llegar a fin de mes. No tendría que volver a verles partir de casa para hacer su propia vida. No esperaría impaciente las navidades y los fines de semana para volver a ver a sus nietos. Ya no se sentaría delante de sus polvorientos álbumes a recordar cada uno de los momentos que nunca podría llegar a olvidar. Pero, qué más da, volvería junto a él, y desde arriba los dos cuidarían de ellos, como cuando los tres corrían a su cama en busca de un refugio porque la tormenta y sus pesadillas no les dejaba dormir.

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